El adjetivo en la lucha

Las artes marciales orientales siempre han destacado el valor de romper con el argumento sensorial con el que estructuramos nuestra realidad originando un guión que no siempre potencia o permite desarrollar nuestras grandes cualidades.“Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar” (El Sur, Jorge Luis Borges)

El adjetivo como figura gramatical posee tanto peso en el argumento mental del ser humano que eliminarlo o construir una interpretación de la cotidianidad sin él derivaría en un mundo totalmente nuevo para la humanidad. Sin adjetivo, el prejuicio o la interpretación quedarían sometidos al momento presente y a la viva experiencia sin la pesada ancla del juicio.

Las artes marciales orientales siempre han destacado el valor de romper con el argumento sensorial con el que estructuramos nuestra realidad originando un guión que no siempre potencia o permite desarrollar nuestras grandes cualidades.

El adjetivo desde una perspectiva literaria puede ser un recurso valiosísimo y rico para transmitir la diversidad emocional y física que capta el poeta o el narrador, pero el adjetivo limita el horizonte de la experiencia de vivir, no permite que esta fluya sin distinción, libre en experiencia y en vida misma. El adjetivo limita en el momento en que ubica al “yo” en un lugar específico.

En Europa, la imponente imagen guerrera de Juana de Arco (1412-1431) apoyada en la fe religiosa ayudó a sus tropas a desprenderse del juicio de inferioridad. Conmocionó su época socio-política y al sistema combativo que venían llevando avezados guerreros cerrados a una visión única de la estrategia de combate. Ya su imagen de mujer propuso otra manera de ver el campo de batalla y los resultados que se podían esperar.

La Doncella de Orleans, en primera fila frente a las líneas enemigas, confrontó lo racional y bajo el poder que le daba su visión de lo divino alcanzó a ser parte de la historia y a remover los prejuicios de la Europa del momento. Las llamas quemaron su cuerpo pero no la somnolencia que otorga la ignorancia.

El hombre que busca la senda de las artes marciales tal vez tenga la necesidad de ese momento abierto al temple, a un instante de verdad en donde no oculte sus miedos ni el deseo elemental de querer ser vencedor.

El tema me recuerda la exquisitez con que Jorge Luis Borges (1899 – 1986), el eximio escritor argentino, narra con maestría la fluidez de un momento sin ataduras, donde el deber y la acción transitan de manera natural. En el cuento “El Sur” el protagonista Dahlmann camina al duelo, sin forma ni prejuicio. El escritor narra: – Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había miedo.

Tal vez, los katas del Karate Do, además de ofrecer un argumento técnico y metodología para educar el movimiento del cuerpo, son una propuesta para que el practicante fluya como proceso mental y físico sin juicio que anule su reacción en la lucha. El guerrero o el artista marcial no pueden permitirse vivir en el reino del adjetivo. El mismo lenguaje puede corromper el entendimiento y abreviar el verdadero conocimiento.

El arte marcial propone el valor de la experiencia, el absoluto puede ser nefasto cuando se entiende que la experiencia abarca lo relativo y las circunstancias. De ahí el valor de la adaptabilidad y el no cerrarse a ninguna fuente de conocimiento en cualquier sistema de combate. El guerrero ante el miedo sólo puede presentarse abierto a las circunstancias y a su educación marcial en interacción con el momento. El miedo es miedo, de ahí la importancia de tener una mente en consonancia con un espíritu férreo y abierto.

Mi planteamiento no deja de ser una simple opinión entre el gran conocimiento de cada quien. La vanidad del escritor debe estar subyugada a la experiencia e interpretación del lector y en este caso específico a la experiencia del artista marcial o al hombre de lucha.

Texto: Darwin Rojas, Director Técnico de SHOWAKAI Karate Do de Venezuela KWF
Fuente:Red marcial

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